Poco a poco nos vamos dando cuenta de lo que cuesta la energía que consumimos en el hogar, y no solo porque nos suban la factura, sino porque los consumidores somos cada vez más conscientes de las consecuencias para el planeta de nuestro derroche. En este sentido, los edificios son grandes consumidores de energía, y aunque es un dato que depende de la construcción, el aislamiento, la climatización o la luz artificial, mucha culpa de ello la tienen también los electrodomésticos, que representan aproximadamente un 17% del consumo total de energía del hogar. Para que sepamos a ciencia cierta cuánto consumirán los electrodomésticos que adquirimos, hoy disponemos de la etiqueta energética, que ayuda a los consumidores a seleccionar, por decirlo de alguna manera, su grado de responsabilidad ambiental. Aunque pueda parecer algo nuevo, el etiquetado energético podemos encontrarlo desde 1994, con un baremo determinado por letras de la A (la mejor clasificación) a la G (la peor) que hoy, gracias al esfuerzo de los fabricantes, se ha incrementado con A+ y A++ para ciertos aparatos. En realidad, estas dos categorías adicionales se establecen únicamente como una solución provisional hasta que se lleve a cabo una revisión global que defina otras categorías de rendimiento más estrictas de cara a su etiquetado energético. El etiquetado cumple una función fundamental de cara a la información del consumidor, que puede determinar su elección en base a la eficiencia energética, teniendo en cuenta la presumible diferencia de precio entre un electrodoméstico más eficiente y otro menos eficiente. Sin embargo, un mayor precio se suele amortizar a lo largo de la vida útil del aparato debido a su ahorro energético.
La nueva etiqueta
a nueva etiqueta propuesta por la Unión Europea añade nuevos niveles de eficiencia para reducir el consumo eléctrico y el impacto en el medio ambiente. Así, los consumidores sabrán con más precisión cuáles son los electrodomésticos que menos gastan y, por tanto, más dinero ahorran y menos perjudican al medio ambiente. El nuevo etiquetado energético europeo añade tres niveles de máxima eficiencia a los clásicos siete colores y letras de la A a la G. Los Estados miembros tendrán un plazo de un año para aplicar la decisión. Esta nueva etiqueta actualiza la clasificación (creada hace más de 30 años) que muestra la eficiencia energética de un electrodoméstico comercializado en la Unión Europea (UE) añadiendo A+, A++ y A+++. Esta información deberá aparecer en toda la publicidad sobre el producto que informe sobre el precio y el consumo, como manuales y folletos del fabricante. El Parlamento Europeo (PE) quiere así actualizar un sistema que se había quedado desfasado. La etiqueta conserva los siete escalones o niveles, aunque añadirá nuevos datos en algunos productos, como el consumo de agua o el ruido y el calor que producen. La directiva incluye los aparatos de aire acondicionado, congeladores, frigoríficos, hornos, lavadoras, lavavajillas y secadoras. En el caso de las cadenas de alta definición, los calentadores de agua, las televisiones y las videoconsolas, la propia Comisión determinará sus clases energéticas. Sin embargo, algunos expertos no se encuentran completamente satisfechos con el nuevo sistema, porque alegan que los productos se siguen comparando con los consumos energéticos de los modelos de referencia de la anterior clasificación, y abogan por crear una tabla de clasificación basada en valores actuales manteniendo, por tanto, las letras actuales.